domingo, 8 de julio de 2012

Fahrenheit 451: temperatura a la que el papel de los libros se enciende y arde. Citas.


-¿Es usted feliz? - Le preguntó. -¿Soy qué?- Exclamó Montag.Pero la muchacha había desaparecido, corriendo a la luz de la luna. La puerta de la casa se cerró suavemente. -¡Feliz! ¡Qué tontería!

No eres como los demás. Y he visto a muchos, y los conozco. Cuando hablo, tú me miras. Anoche, cuando dije algo acerca de la luna, tú miraste hacia la luna. Los demás nunca harían algo así. Los demás me dejarían hablando sola o me amenazarían. Ahora nadie tiene tiempo para nadie. Tú eres uno de los pocos que me soportan, Por eso pienso que es muy extraño que seas un bombero, me parece que no es lo apropiado para ti.


-La lluvia tiene buen sabor.
-¿Pero te pasas la vida probándolo todo una vez?- Preguntó Montag
-A veces dos.


El psiquiatra quiere saber por qué me gusta andar por los bosques y mirar los pájaros y coleccionar mariposas. Un día le mostraré mi colección. Quieren saber qué hago con mi tiempo. Les digo que a veces miro y pienso. Pero no les digo el que porque pondrían el grito en las nubes. Y a veces les digo que me gusta echar la cabeza hacia atrás, así, y dejar que la lluvia entre en mi boca. 

-¿Por qué me parece que te conozco desde hace tanto tiempo?-Porque le gusto -respondió Clarisse-, y no le pido nada. Y porque nos conocemos. 

-No estabas allí, no la viste- dijo Montag-. Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar, para que una mujer se deje quemar viva. Tiene que haber algo. Uno no muere por nada.

No vivis, solo matáis el tiempo

Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino porqué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.

No es posible construir una casa sin clavos ni maderas. Si no quieres que se construya una casa, esconde los clavos y la madera. Si no quieres que un hombre sea políticamente desgraciado, no lo preocupes mostrándole dos aspectos de una misma cuestión. Muéstrale uno. Que olvide que existe la guerra. Es preferible que un gobierno sea ineficiente, autoritario y aficionado a los impuestos, a que la gente se preocupe por esas cosas. Paz, Montag. Que la gente intervenga en concursos donde haya que recordar las palabras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de los estados, o cuánto maíz cosechó Iowa el año último. Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse. Y serán felices, pues los hechos de esa especie no cambian. No les des materias resbaladizas, como filosofía o psicología, que engendran hombres melancólicos. El que pueda instalar en su casa una pared de TV, y hoy está al alcance de cualquiera, es más feliz que aquel que pretende medir el universo, o reducirlo a una ecuación. Las medidas y las ecuaciones, cuando se refieren al universo, dan al hombre una sensación de inferioridad y soledad. Lo sé, lo he probado. Al diablo con esas cosas. ¿Qué necesitamos entonces? Más reuniones y clubes, acróbatas y magos, automóviles de reacción, helicópteros, sexo y heroína. Todo lo que pueda hacerse con reflejos automáticos. (…)No lo olvides Montag, esto es lo más importante. Somos los Muchachos Felices, el Conjunto del Buen Humor, tú y yo, y todos los otros. Somos un dique contra esa pequeña marea que quiere entristecer el mundo con un conflicto de pensamientos y teorías.

Es usted un romántico sin esperanza.

Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos, ve al mundo, es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario.


Había un tonto y condenado pájaro antes de Cristo llamado Fénix. Cada tantos centenares de años construía una pira y se arrojaba a las llamas. Debió haber sido primo hermano del hombre. Pero cada vez que se quemaba a sí mismo, surgía intacto de las cenizas, volvía a nacer. Y parece ahora como si estuviésemos haciendo lo mismo, una y otra vez.

Pero eso es lo maravilloso en el hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo.


Mi abuelo murió cuando yo era niño. Era escultor. era además un hombre muy bondadoso, dispuesto a querer a todo el mundo. Ayudaba a limpiar la casa de vecindad, hacía juguetes para los niños, y un millón de cosas. tenía siempre las manos ocupadas. y cuando murió, comprendí que yo no lloraba por él, sino por todas las cosas que hacía. Lloraba porque nunca volvería hacerlas. Nunca volvería a labrar un trozo de madera, ni nos ayudaría a criar palomas, ni nos contaría aquellos chistes. Era parte de nosotros y, cuando murió todos los actos se detuvieron y nadie podía reemplazarlo. Era un individuo. Era un hombre importante. Modelaba el mundo, hacía cosas en el mundo. Con su muerte el mundo perdió diez millones de actos hermosos.[…] Todos deben dejar algo al morir, decía mi abuelo. Un niño o un libro o un cuadro o una casa o una pared o un par de zapatos. O un jardín. Algo que las manos han tocado de algún modo. El alma tendrá entonces adonde ir el día de la muerte, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, allí estará uno. No importa lo que se haga, decía, mientras uno cambie las cosas. Así, después de tocarlas, quedará en ellas algo de uno. La diferencia entre el hombre que solo corta el césped y un jardinero depende del uso de las manos, decía mi abuelo. La cortadora de césped pudo no haber estado allí; el jardinero se quedará en el jardín toda la vida.[…] El abuelo murió hace muchos años, pero si usted mira dentro de mi cabeza, por dios la circunvalación del cerebro verá huellas digitales del pulgar del abuelo. Llénate los ojos de asombro, vive como si fueses a morir. Observa el universo. No pidas garantías, no pidas seguridad, nunca hubo animal semejante. Y si alguna vez lo hubo, debe ser pariente del perezoso, que se pasa los días durmiendo toda la vida. Al diablo con eso. Sacude al árbol, y que el perezoso caiga de cabeza 

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