sábado, 16 de julio de 2011

Estos ojos no lloran por ti.

Hay quién diría que jamás conoceré tus labios, que los pigmentos que en ellos yacen están reservados para unos afortunados. Bienaventurados sean aquellos que se atrevan a cuestionar cuanto me pertenecen los que bailan al son de mis melodías, que Dios se apiade de sus almas porque tal infamia tiene que ser pecado. Son cientos los que han visto el brillo de tu pelo bajo el sol del verano, los que han visto tus ojos estremecerse ante el amor que por mi has sentido, pobres aquellos que creen haberte visto más que yo. Jamás veré tus senos bajo la luna pero tengo los secretos de tu espalda. Jamás veré una lágrima que derrames pero conoceré a cada una de ellas. Jamás veré el ángulo de tus piernas, pero tengo tu eternidad. No te veo, pero cuando te toco te observo más de lo que nadie ha hecho jamás y mis ojos ya caducados renacen, aunque sigan en oscuridad, cuando tus manos recorren mi cuerpo, cuando recuerdo el mal juego que hizo el destino al ponerte a mi lado si quería hacerme desgraciado.

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